Eduardo Reguera

 

Eduardo Reguera (Las Palmas de Gran Canaria, 1977), realizó sus estudios en la Escuela de Arte en Gran Canaria. Dedicado profesionalmente a trabajos relacionados con el dibujo y la publicidad, se confiesa, sin embargo, un apasionado de la historia de Gran Canaria y de la literatura.

 

Persona curiosa, investigador incansable y autoproclamado «ratón de biblioteca», Eduardo Reguera es un ávido explorador del pasado. Sumergirse en su blog «Retrografías», proyecto creado por el autor en 2017, que cuenta con un buen número de seguidores, es hacerlo en esa parte de la historia de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria que ha quedado grabada en sus calles, en sus edificios y en las crónicas escritas o contadas de boca en boca. Una verdadera fuente de información y de placer literario para los más curiosos.

 

Su novela, Las aventuras del capitán Hermes Norton. El tesoro de Van der Does, escrita en 2007, será publicada muy pronto por Ediciones Garoé. Vegueta esconde un secreto, y Eduardo está dispuesto a contarnos de qué se trata.

 


«VEGUETA ESCONDE UN SECRETO»

Entrevista a Eduardo Reguera, autor de Las aventuras del Capitán Hermes Norton. El tesoro de Van der Does

Por Germán Vega

Comenzaste a escribir la novela en 2007, pero afirmas haberla acabado en 2012. ¿Qué ocurrió?

 

Me lo tomé con mucha calma. La idea surgió como un impulso, una historia para que mi hijo la leyera cuando creciera, porque en aquel momento tenía solo un año. Siempre me gustó escribir, pero atreverme con una novela era todo un desafío. Así que la historia fue cocinada a fuego lento, como una hormiga que comienza a cavar un túnel y termina haciendo una enrevesada galería. En un primer momento pensé en publicarla por entregas, estableciendo un método que me permitiera escribir pequeños bloques que dejaran al lector con ganas de seguir leyendo. Un proceso largo al que dediqué el poco tiempo que tenía disponible, pero al final pude acabarla.

 

Y hablando de la génesis de la novela, un comentario que alguien te hace sobre su padre es el causante de que tengas una pesadilla, y ese mal sueño, a su vez, da origen a la historia. De hecho, el prólogo ya nos descubre a un escritor con una imaginación desbordante y una curiosidad incontrolable. ¿Qué parte es imaginación y qué parte realidad en esta historia?

 

Sí, después de aquel sueño tan vívido tuve la necesidad imperiosa de escribir porque no quería que se me olvidaran los detalles. Sin duda, esa pesadilla fue el detonante. No hay que olvidar que la novela es una historia de ficción, por lo que hay mucho de invención, pero también abundantes hechos que sí ocurrieron de verdad, como el intercambio de mercancías en los submarinos, los suministros al enigmático buque Corrientes, el ataque de Van der Does, por supuesto, el hundimiento del Villa de Pará en la Baja de Gando... En cualquier caso, el lector debe saber que, como en cualquier novela de ficción, me he permitido algunas licencias.

 

La novela está ambientada en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria en la década de los cuarenta, durante una supuesta invasión nazi. Cuéntanos algo sobre el trabajo de documentación.

 

Me documenté mucho sobre Van der Does —entre otras cosas porque es un tema que me apasiona— a través de trabajos de historiadores como Rumeu de Armas. También hablé con mucha gente, que me contó algunas teorías muy interesantes sobre el mito de la existencia de túneles secretos. Investigué sobre el hundimiento del U 167 y consulté en la hemeroteca publicaciones de la época.

 

Sin embargo, no estamos ante una novela histórica, sino ante una apasionante novela de aventuras que utiliza algunos hechos acaecidos en Las Palmas de Gran Canaria para ambientar la trama. ¿Cuál era tu pretensión en el momento de escribirla? ¿Estás contento con el resultado?

 

Como te dije, escribí la novela para mi hijo. Esta novela fue el detonante de todo lo que vendría después. Ya no soy el mismo que era en 2007 cuando empecé a escribirla. Sin embargo, al volver a ella tanto tiempo después, creo que la novela ha resistido el paso del tiempo. Seguramente, si fuera a escribirla ahora, no lo haría del mismo modo, porque he evolucionado como escritor. Ni siquiera estoy seguro de si sería capaz de embarcarme en un proyecto así en este momento, pues mis intereses son otros. Pero si me preguntas si me gusta el resultado, la respuesta es sí.

 

La narrativa también es sencilla, de fácil lectura, llena de diálogos que dan mucho dinamismo a la acción, lo que convierte la novela en candidata para ser leída por los más jóvenes que comienzan a adentrarse en la pasión por la literatura. ¿Crees que la juventud está interesada en leer o tienes la percepción de que los jóvenes están absorbidos por la inmediatez del contenido audiovisual?

 

El tipo de narrativa está muy vinculada al género literario. Considero que en una novela de aventuras priman las escenas rápidas y no ahondar demasiado en descripciones que despisten al lector de la acción. En cuanto a la preferencia de los jóvenes por lo audiovisual, es una batalla difícil de librar. Tal vez parte de la culpa la tenga la manera en la que se intenta despertar esa pasión en las aulas. Recuerdo que cuando yo tenía 14 o 15 años las lecturas obligatorias en clase eran los grandes clásicos: La Celestina, por ejemplo. No digo que no sea una lectura interesante, pero quizás no es la más apropiada para los chicos de esa edad. Si fomentáramos la lectura con títulos como Robinson Crusoe, La isla del tesoro o El hombre invisible, tal vez sería más fácil que los adolescentes se interesaran por ella. Por otro lado, considero interesante que se hable también de la vida del autor, de su biografía. Ese conocimiento también nos lleva a entender mejor una obra.

 

De la Segunda Guerra Mundial a finales del siglo XVI, ¿Te costó encajar las piezas?

 

No me costó. En realidad, esa invasión alemana ficticia es solo una excusa para llegar al verdadero núcleo central de la trama que es el descubrimiento de un tesoro. Lo importante es el ataque de Van der Does y lo que deja atrás en su huida. Es eso lo que da pie a la aventura, al descubrimiento. Ya he dicho que me he tomado algunas licencias históricas y el contenido del cuaderno de bitácora de Van der Does, así como la existencia de esos túneles secretos son algunas de ellas.

 

El hecho de incluir un plano con diferentes puntos de lectura para que la novela se lea a pie de calle es muy original. ¿Cómo se te ocurrió hacer algo así?

 

Me encantan los mapas y los planos. Soy un apasionado de ellos. Me parecía interesante dar la posibilidad al lector de leer la novela y estar en los lugares que se mencionan. Mi intención al hacerlo era que el lector disfrutara de la lectura y pudiera experimentar estar en el lugar de los hechos. Un ejemplo: a la escultura del invierno, situada en la zona en la que estaba el antiguo Puente de Piedra, le falta un dedo. Yo utilizo eso en la novela, y convierto a uno de los personajes en el responsable de que ese dedo se haya partido. Es una muestra de que se puede leer el libro y disfrutar la historia a pie de calle, aunque la ciudad haya cambiado tanto.

 

Has comentado en ocasiones que hay parte de ti en algunos personajes, como el anticuario o el recepcionista. ¿Crees que es inevitable que parte de la identidad del escritor se transfiera a los personajes, aunque no sea de manera consciente?

 

Yo creo que sí. En realidad, hay algo de mí en todos los personajes, incluso en los secundarios que solo tienen un pequeño papel. Escribir una novela es jugar a ser Dios. Es el escritor quien decide quién vive o quién muere, aunque en ocasiones, los personajes se revelan y parecen tomar sus propias decisiones.

 

¿Hay algo de ti también en Maximilian Grabner o en Robert Walford?

 

¡No, no! —exclama entre risas—. En los malos no hay nada.

 

Hablemos de ellos: Hermes Norton es nuestro Indiana Jones particular. Él y Viktor Krüger conforman los perfiles más amables de la historia. Has dejado la ingrata tarea de ejercer de villanos a un espía británico, Robert Walford, y al oficial alemán Maximilian Grabner. Es fácil para el lector decantarse en esta ocasión por buenos o malos. No hay matices grises.

 

No, no hay matices. En este caso, los buenos buscan el tesoro y los malos se pelean con todos, incluso entre ellos. Los roles están muy definidos. Por otro lado, insisto: es una novela de aventuras. No quise adentrarme en describir la psicología de los personajes. Me bastaba mostrarlos a través de la acción. Eso favorece el ritmo de la historia. Es casi un guion cinematográfico. 

 

Ediciones Garoé ha sido la encargada de llevar esta apasionante aventura a todos los lectores. ¿Cómo ha sido la experiencia de edición?

 

Excelente. Tanto con Víctor J. Sanz, el corrector ortotipográfico que pulió la novela, como con María Yuste, que mimó la edición. Estoy muy contento con el resultado.

 

¿Qué esperas de la novela?

 

No tengo grandes pretensiones. Si consigo que el lector se involucre conmigo en la búsqueda del tesoro habré logrado mi objetivo. Mientras lo buscamos, le enseñaré algunos lugares de Las Palmas de Gran Canaria. 

 

De todo lo investigado y descubierto hasta ahora, ¿qué hecho te ha supuesto una mayor sorpresa o te ha cautivado más?

 

Sin duda, los cuadernos de contabilidad de Roque Hidalgo, un comerciante del siglo XIX que descubrí casualmente. Todo surgió cuando encontré un copiador de cartas. —Eduardo me explica brevemente de qué se trata. Se apasiona hablando de sus pesquisas, de cómo un descubrimiento le llevó a otro y de qué manera lograba encajar las piezas hasta formar un puzle apasionante—. Parece que tengo un don para encontrar todo tipo de cosas: objetos, documentos... Así surgió la idea de Retrografías, un blog creado para compartir esos descubrimientos de un modo más atractivo, literariamente hablando, siempre con rigor histórico.

 

Si pudieras elegir haber vivido en una época anterior (y tal vez lo hayas hecho), ¿en qué época crees que encajarías mejor?

 

 Sin duda, en la segunda mitad del siglo XIX. ¿Se puede echar de menos algo que no has vivido? —pregunta en voz alta de manera retórica—.  No lo sé. A partir de todo lo descubierto acerca de Roque Hidalgo, me siento muy identificado con esa época. Tengo un vínculo con ese comerciante, y no consigo averiguar cuál es.

 

¿En qué andas trabajando en la actualidad? ¿Más libros de aventuras tal vez?

 

No exactamente. En este personaje que te he comentado, en la historia de Roque Hidalgo, en su biografía a través de todo lo que he encontrado relacionado con él. Es algo apasionante. También tengo en mi poder el archivo personal (todo tipo de papeles relacionados con ella: correspondencia, documentos personales, objetos, etc.) de una señora que vivió durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, Ángela Bethencourt Montesdeoca, hija de un famoso comerciante de Teror; pero eso será después.

 

 

Cuando damos por finalizada la entrevista, Eduardo me cuenta un poco más de ese arduo trabajo de investigación. No escatima en detalles, y yo escucho atentamente. Descubro el alma de un historiador infatigable asomada a una mirada despierta detrás de sus gafas de pasta. Le pido inmortalizar el momento con una foto a la entrada de la calle Espíritu Santo, en pleno corazón de Vegueta. Después, caminamos a lo largo de la calle Reyes Católicos cambiando impresiones y hablando de literatura. Al llegar a la calle León, nos despedimos con una sonrisa y la promesa de seguir conectados. Yo le deseo mucha suerte. Algo me dice que su pasión innata por la historia lo llevará a descubrir grandes cosas. Y nosotros esperaremos con impaciencia a que las escriba para poder leerlas con avidez. Que así sea.

 

Entrevista realizada por Germán Vega  


OBRAS


Las aventuras del Capitán Hermes Norton. Portada de la novela El tesoro de Van der Does por Eduardo Reguera | Ediciones Garoé
Las aventuras del Capitán Hermes Norton

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